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Mayordomos

Una tía abuela, Clarita, planchaba en la casa de un reconocido constitucionalista. Planchaba. Eran los años siguientes a los de la “Libertadora”.

Clarita repetía como ritual el decálogo gorila. Que Perón se ponía billetes de cinco pesos en la bragueta para que se lo quiten las chicas de la UES; que colgaba a Evita en una percha para que creciera; que tenía relaciones en público con Gina Lolobrigida. De allí al luto obligatorio, a la afiliación obligatoria, y a la devoción obligatoria.

Suele hablarse de la constancia ideológica de las clases populares, atento a que no pierden de vista jamás sus intereses. Pero no siempre es así. Una versión diversa del síndrome de Estocolmo se produce en la mentalidad de la mayordomía. Diversa especie.

El gobierno argentino tiene que tener presente este fenómeno, porque lo que tiene enfrente, es decir a la vista, mayoritariamente, no es la oligarquía ni la entidad misma del anteproyecto, que no suele ofrecer la cara con nitidez, sino simples mayordomos, ocasionales socios menores de sus intereses, loros de feria, figurones, palafreneros, goriloides, colonizados intelectuales, es decir, toda una gradiente de corifeos del establishment a los que hay que advertir que serán víctimas necesarias de sus amos, como siempre sucede, como siempre ha sucedido.

Lo demuestro:

En la coyuntura perfilan con nitidez tres circunstancias que no deberán ser desatendidas por ningún argentino individual o colectivo. La primera es la creciente demanda de alimentos del mundo y su incidencia en el aumento sostenido de sus precios. La segunda circunstancia está compuesta por las condiciones que los países centrales y los grupos económicos intentan imponer a las naciones actual o potencialmente productoras de alimentos. En tercer lugar la incidencia que estas condiciones tendrán en el desarrollo de los mercados internos y en el cuerpo de las economías de esos países.
 

El modelo productivo requerido por los países centrales y los grupos económicos es el de menor presión relativa al orden económico mundial globalizado, es decir el de países productores de materias primas subordinados y, especialmente, materias primas dirigidas al alimento forraje y al biodísel, cuestión que emparenta con la otra crisis que el sistema debe enfrentar y que pretende sea a costo de las naciones de la periferia, que es la crisis energética.

De manera que en esta puesta en forma de la nueva división internacional del trabajo sobran los mercados internos que consuman energía para su funcionamiento , y complican las unidades económicas que pretendan producir con valor agregado.

Sobrando como sobran, sobran en la Argentina quince millones de habitantes.

El gobierno tiene la obligación de elevar el nivel de conciencia de los sectores populares, los que incluyen a estos sectores medios que funcionan como materia prima de la idiotez útil al proceso contranacional.

¿Por qué digo esto? Porque está claro que un tercio de esos sobrantes se componen de tales sectores sociales, y está nítido que hay un grueso de esos grupos que sufren la desorientación y la confusión que siembra el sistema mediático hegemónico.

De Angeli puede ser un idiota ensoberbecido, alucinado por los brillos de los sets y los destellos de las cámaras de televisión, o ser un mal parido, en cualquier caso poco importa su verdadera naturaleza, porque como en las películas de aventuras que también vende el imperio será el tarado, uno entre tantos, que quede atrapado en la cueva maldita cuando la trampera se termine de cerrar.

Pero lo que no es moco del pavo de De Angeli, es la manera en que se están consolidando las condiciones perfectas para que el país vuelva a poner en el eje del tránsito económico al sistema financiero.

En efecto, hoy proliferan los nichos en dónde el dinero cobarde pueda refugiarse, a expensas de un debilitamiento de las inversiones potenciales y de la desaparición paulatina del crédito. No es bueno que esta circunstancia coincida con la coyuntura del gobierno forcejeando con     el sector productivo más ligado al escolaso financiero y a las exportaciones de materias primas. Mala noticia. Muy mala.

Hoy la Argentina tiene desplegadas las condiciones para reconstituir la patria financiera, un sistema de drenaje que impone formas de distribución que son políticas de economía suicida y política social de exclusión ya vividas por el país. El desvío de las fuerzas inversoras a este sistema ya ha comenzado, esto arrasará cualquier quimera crediticia.

O el gobierno argentino comienza a recrear un Estado con más presencia en el escenario económico o la bonanza de las condiciones internacionales nos va a hacer un hijo bobo una vez más.

El útero prodigioso de los sectores medios urbanos de la Argentina es lo suficientemente fértil y estúpido como para embarazarnos de un nuevo fracaso a las puertas de la oportunidad.

La reforma impositiva, la búsqueda de emprendimientos con el Estado gestor, la generación de mecanismos de expansión del mercado interno abrochada a políticas sociales de inclusión más vigorosas que la presente son las llaves maestras de la salida de la parálisis.

Los mayordomos, con el amo debilitado, cambiarán de opinión.

La Eva de la Bandada

Había una vez un pueblo que no esperaba nada.

Y por esperar tan poco solo tenía el derecho de la espera.

Y de esa misma vez, y de ese mismo pueblo,

había una mujer a la que algo muy grande la aguardaba.

Tanta necesidad debía parir tanto derecho,

tanta injusticia una piedra de amor en la balanza.

La mujer y el pueblo se encontraron,

porque amando lo mismo, uno se encuentra.

Y así anduvieron por un tiempo que nunca es suficiente

pues contra la indignidad jamás la lucha alcanza

y por lo mismo la lucha nunca cesa.

 

Eva de paso voló su breve vuelo

sobre un cielo moreno americano

para ser tan sólo una mujer que tuvo pueblo y hombre

y que los sostuvo amando.

 

Ave de lucha, Eva de paso,

cortando el aire primera en la bandada

de un pueblo volador buscando cielos altos

para mirar la tierra de la que no esperaba nada.

 

 

El ojo del Gordo alimenta al amo

La Argentina de estos días es de una gran fertilidad. Crece todo con facilidad, con vigor, con energía. Sucede que los nutrientes intelectuales inyectados durante ciento cincuenta años favorecen esa prodigalidad.

Por eso el jardín de las verdades, las mentiras y sus variadas mixturas está pletórico en esta patria amada.

Como en la oscuridad fulgura el fósforo, en el mar de la ignorancia y el engaño todo parece luz.

No hay nadería que no se pueda erigir en estilo, ni aberración que no ceda a la tentación de convertirse en causa.

Cecilia Pando, simplemente una ignorante, ha conseguido por fin asomar su pálida lucecita con ayuda del atizador de estos tiempos fecundos de confusión y cambalache.

Que fácil sería tomar esa garganta de estupidez y necedad y pasarle el filo de la historia. Pero ¿para qué?; ese degüello intelectual no cobrará una cabeza de valía.

Prefiero en vez, hacerle la topografía a las paredes intelectuales y mediáticas que hacen retumbar “el eco de su voz”.

Con Chiche Gelblung, el marido de Pando quien también es subordinado del represor Mercado, cito a Martín Caparrós. La referencia fue una nota publicada en el diario proteico de Lanata; matutino excedido en sorna y con los niveles de auto elogio muy por encima de los normales de laboratorio. En la oportunidad de contratapa, efectivamente Caparrós admite por su cuenta que el espíritu insurgente de los finales de la década del sesenta y principios de los setenta tenía escaso tenor democrático y que, por el contrario, solo lo animaba la búsqueda de una sociedad más justa que la ofrecida por la democracia burguesa.

Confieso que cuando leí la nota me tenté a apelar a algunas de las pantallas disponibles para dar respuesta a semejante disparate. Pero me ganó la desidia, o quizá esa sensación de que todo es inútil ante la frondosidad de bobería que, con afeites mediáticos, se presenta inteligente ante los ojos de los argentinos.

Debí decir entonces como contrapunto lo que voy a decir ahora por razones de fuerza mayor.

Si la cara progresista de la democracia liberal burguesa, Caparrós por caso, se empeña en borrar al peronismo de la historia, comprenderla es “imposhible”, como diría el personaje de Peter Capussotto.

Es altamente probable, y por experiencia personal seguro, que los muchachos que creyeron que la historia empezaba cuando ellos llegaban hayan tenido esa intención a la hora de subirse al carro de la insurgencia. Pero la insurgencia había comenzado mucho antes, en 1955, como también en 1861 y en 1935. La insurgencia nacional contra la imposición demoliberal de cuño extranjero es tan vieja como el enemigo.

Mas, en particular, aquella regeneración de la insurgencia de las décadas 60/70, procedieron por un cometido altamente democrático: la vuelta de Perón. ¿Por qué? Pues porque la primera condición de la democracia posible en la Argentina de entonces era la recuperación de la voluntad popular proscripta durante casi dieciocho años plasmándose en las urnas. El pueblo argentino quería reivindicarse en el voto como principal condición institucional. Por lo tanto, si los Caparrós entraron al cumpleaños de quince pensando que era un casamiento, al menos deberían respetar el espíritu de la fiesta original y dejar de gritar “que vivan los novios”.

Lo que digo ahora y no dije entonces se potencia en el disparador por una referencia hecha por Gelblung. “ Pasa que Caparrós es muy inteligente, y se da cuenta del nivel de soberbia de los Montoneros, y lo reconoce. Ya Pablo Giussani escribió ’Montoneros, la soberbia armada’ un libro muy importante”.

El marido de Pando, a la sazón subordinado del represor Mercado cita a Caparrós. Gelblung cita a Giussani.

El libro de marras es la base argumental de la teoría de los dos demonios, ideología que ofrece la comodidad a quienes no tuvieron ninguna posición o tibia cobardía durante los años de plomo de la Argentina. Fue también el trampolín que sirvió al lanzamiento durante el “alfonCinismo” a chiquillos que recién sintieron el miedo a partir de las narraciones sobre las atrocidades del terrorismo de Estado que comenzaron a difundirse un par de años antes de Malvinas. Dos demonios, uno verde militar, otro rojo y de fanatismo barbado. En el medio “la gente”, ese colectivo infame que vino a sustituir el concepto de pueblo, el ánimo de destino colectivo y el altruismo social que hace grande a las sociedades. Un cuento de hadas que sirvió para la amnesia y para que “la gente” se sintiese absuelta de su medianía ante la inmensidad de la historia. No hacía falta.

Pando no va a entender nunca, y parece que Caparrós tampoco, que de septiembre de 1955 hasta marzo de 1973 la Argentina había perdido el orden institucional y que, por lo tanto, cada argentino tenía el derecho nacido de su ausencia, de alzarse en armas para su recuperación. Miren que simple, Martín, Cecilia, Chiche, Jorgito.

Ahora: si hay quienes creyeron que contribuir a la vuelta de Perón era aprobar el examen de química e, inmediatamente pasábamos a otra materia, es que leyeron mal el programa.

Qué esta distorsión se sostenga no es sólo el resultado de la inteligencia de los Caparrós o de la insidia de los Gelblung. El fundamento de que una negación de la historia como ésta se sustente, es simplemente que un grueso importante de la representatividad política e intelectual de la Argentina necesita de esa mendacidad. Los gobiernos democrático de Íllia y de estadista de Frondizi, el socialismo antipopular y gorila, la derecha nacionalista antipopulista, la Iglesia golpista y todos los que tenemos cosas que reprocharnos de la confusión de los setenta, necesitamos de este olvido, de esta omisión, de este fraude historiográfico. Algunos pocos hemos decidido revisar y no aceptamos, porque estamos grandes y no queremos ser tan pequeños.

El que no reconoce sus errores termina pagando con aciertos para el enemigo.

Otros están pasados de los lípidos de la soberbia. Y el enemigo del país posible nubla el pasado para que no haya mejor futuro.

El tercer demonio, el cobarde, el voluble, el descomprometido, el oportunista, el que se tiene a sí mismo como sola y única causa, ese demonio es el que debe vencer nuestra Argentina.

Hace falta gente flaca de vanidades y robusta de dignidad. La puta si hace falta.

Esta entrada fue publicada el Viernes, 15 de Agosto de 2008 a las 17:52

Los Veteranos de la ningunaguerra

En 1985 escribí esto, fragmento de un intento de poema de mayor extensión:

Tan sólo me encontré perdido en un tablero de absurdas diagonales

en donde los más descomprometidos ,livianos y banales

se disfrazaban de mí mismo y festejaban

un triunfo por el que no habían luchado.

Y yo era el derrotado.

Sabía que alguna vez podría exponerlo libre de todo resentimiento y en función de una explicación útil en dónde encontraría multitudes de “identificados”. Hoy hartan menos (porque estamos más viejos) las falsas chapas de luchadores. Pero igual joden, sobre todo cuando se usan para habilitar posiciones reaccionarias y antipopulares yéndola de veteranos de guerras tan falsas como supuestas.

Vuelvo al pasado, pero un poco más cercano, 1994. Este es un fraghmento de “Salven a Clark Kent…Exhortaciones ante lamuerte del periodismo” que publiqué en 2005. El personaje soldado es fácil de reconcer, ya no lucha contra el menemismo pero tiene la casa llena de medallas. Digo yo.

 

 

Menem iba por la reelección.

 

Quería que la novia se entregara por derecho tanto como por deseo. Así fue que abrió la calle de su derrotero histórico pavimentándola con una nueva constitución, obra civil que además de lo obvio tradujo las necesidades de los grupos que tanto lo soliviantaban como lo empujaban hacia el futuro.

 

El gesto llevó a las puertas del delirio cualquier vindicación posible de la Constitución del 49, la última base jurídica legítima incontrastable que había sido derogada y reemplazada con amputaciones por un mamarracho.

 

Durante 28 años esa macilenta Carta Magna, la de 1956, sirvió tanto para toda variedad de atropellos al derecho político como para la perpetración de la mayor enajenación económica de la historia, sólo superada por la que vendría después de su reforma. Apenas algunos de los derechos del trabajador se habían salvado de la demolición constitucional comprimidos en ese 14 bis tan obsequiado por los juristas.

 

Había en 1994 entonces, un propicio momento para mirar hacia atrás como quien busca el porvenir.


Pero no. Había en los medios otras necesidades.

 

Ernesto fue destacado en la convención constituyente por el diario. Era joven. En realidad hoy uno lo ve y siente que siempre fue joven, que lo seguirá siendo indefinidamente. Versión desangelada de Hughes Grant  la televisión le otorga patente de transgresor acomodados a las formas requeridas por las nuevas expectaciones y por el nuevo público. Un público que aplaude de corazón la música de la insolencia sin entender casi nada de la letra.

 

Esa tarde de invierno santafesino, en un bar a doscientos metros del paraninfo de la Universidad del Litoral, las cavilaciones de Ernesto navegaban otras honduras distintas de las que podría provocar la historia que se estaba cerrando bajo los pies de los argentinos.

 

Vio a Alberto garrapateando notas sobre un informe de prensa surgido de las oficinas dispuestas en torno al gran circo convencional. Se acercó con aires livianos altamente contrastantes con la sombría y contracturada actitud del otro.

 

Porque Alberto estaba viejo, arrasado, trasegado por los tiempos de resistir, y se refugiaba automáticamente en lo que estos tipos llamaban rigurosidad. Ratas de hemeroteca, viviseccionadores de documentos, rastreadores de incomprensibles insignificancias invendibles cuya trascendencia estaba más en manos de los historiadores que de los jefes de redacción y los dueños de los medios. Ernesto sabía que Alberto era de esos. Un loser  a todas luces y sombras.

 

Alberto Sombras hurgaba papeles en su maletín raído mientras se retorcía frente a la barra de ese revivido café santafecino. Ernesto lo saludó con la displicencia que, parece ser, es la apariencia imprescindible del periodista, una pizca de detective de novela negra y un dejillo de asomada bohemia. Algo que en suma tiende a decir: detrás de este pibe de aspecto difuso, se esconde mucho más de lo que puede advertirse a primera vista.

 

Alberto Luces chispeó – ¿Y nene….llegaste a leer lo de la Constitución de 1826? –

 

Asomaron las paletas separadas más sobre el labio inferior que de costumbre, casi como enjugando saliva en fuga.

 

-No – dijo terminando de descubrirse hasta la encías – se me ocurrió una nota sobre las barrigas de los constituyentes. Formas de abdomen que pueden insinuar abundancia o descuido, algo de más color. ¿Viste que la panza y lo burgués y el mal gusto funcionan en paralelo? Bueno…me iluminó. Tiré la idea y en la redacción les pareció excelente.-

 

Alberto Luces y Sombras tardó en reaccionar.

 

Tardó como quince años.

 

Tanto tardó, que ya era tarde.

 

Me pareció mejor traer esta vieja bronca, gastada y sin filo, que dejar que me gane una nueva, mejor destinada para los verdaderos enemigos.

 

Esta entrada fue publicada el Lunes, 24 de Agosto de 2009 a las 16:40

Hay mucho danger

Por Tato Contissa

Aguardientes

“Hay mucho danger…hay mucho danger…” rapea muy flamenco, Ojos de Brujo, un grupo musical andaluz, con voces templadas por siglos con colores castellanos, moriscos y posmodernos. “Hay mucho danger…hay mucho danger…”

En la tele del café, el gran Buenos Aires transcurre su mañana insertadas las imágenes horrorosas de este día: Bagdad. Pero esta vez una referencia al pasar de que allí sigue sucediendo esa ingeniería indescifrable del desastre. Entre metales apiñados y restos irreconocibles yacen, seguramente, un montón de destinos interrumpidos en postales a las que te vas acostumbrando, pero que igual despierta esa sensación de imponderable vacío. ¿Por qué será que no es el dolor ni la misma muerte lo que más lacera, sino esa interrupción de futuros, ese número creciente de promesas que no se van a cumplir, o peor, la corroboración de que esas personas ya estaban muertas desde siempre?

“Hay mucho danger…hay mucho danger…”

La magnitud de la tragedia asoma también sus cartas más mezquinas…a alguien le convendría más que fuese la ETA que un grupo fundamentalista islámico…al mundo, igual, le debe dar lo mismo…pero no le da…no…no le da lo mismo… El domingo hay elecciones con unos pocos electores menos…estadísticamente nada…mediáticamente mucho…

Hay mucho danger….hay mucho danger…

La televisión y la radio son ojo y voz de lo que ocurre, a veces. Hoy las papeleras y el conflicto en Aeroparque ocupan el espacio que bien podrían ocupar las acciones militares en el norte de Irak. Si alguien decidiera que lo que está pasando pase en los medios, a las 10 de la mañana los diarios de hoy se habrían condenado a ser lo más viejo que pueda uno imaginarse, los matutinos de hoy se volverían más viejos aún que lo de ayer.

Que mezquino es cualquier pensamiento que no se encuadre en este sobrecogimiento y este ahogo que no me deja pensar. Porque esta sucediendo, porque aún cuando no subamos on line en la tercera de la derecha, está sucediendo, la muerte del terrorismo occidental en medio oriente trabaja y se ubica en todas las columnas de la realidad “on live”.

“Hay mucho danger…hay mucho danger….”

¿Por qué será que lo más valioso resulta ser siempre lo más vulnerable? Me viene de golpe aquel obrerito muerto en el tranvía caído al riachuelo que movió la pluma del dolor de Raúl González Tuñón. Imagino bolsos revueltos entre los desechos de cualquier ataque abrigando historias parecidas a las de aquel sanguche de milanesa. Pero entonces había sido un accidente en el mundo, hoy el mundo parece ser un gigantesco accidente.

“Hay mucho danger…hay mucho danger….”

Cruzo la calle a compartir ese millón de rutas que se ignoran mutuamente y que llamamos ciudad. ¡Qué frágil todo! ¡Que infinitamente frágil todo…!

De pronto, espabilo, sé por qué me muerde así, así de poderoso. También viajo yo, a diario, con mi pequeña humanidad, con mi fragilidad de uno entre millones en un tren siniestrado, o caminando la calle donde el estallido resulta ser la única palabra. También nosotros estamos en el mundo en dónde hay demasiado, demasiado “danger”.

La obligación de la felicidad

Por Tato Contissa

Aguardientes. Segunda Temporada.

El cura acababa de convertir un festejo familiar, unas emociones en racimo concurriendo a la victoria del esfuerzo, de la voluntad, del tesón, del empeño, de cualquiera de las palabras que nombran al nervio motor de la condición humana, todo lo acababa de convertir el cura en una cuestión argentina.

No sé cómo lo hizo, me parece que le vino de una convicción profunda, de esas certezas irrefutables que tienen los tipos como el cura Horacio.

Nos encontrábamos allí para el acto de una colación de bachilleres adultos. Esta otra historia es mejor de lo que yo puedo contar, pero la sintetizo diciendo que se trataba de un grupo de adultos que habían emprendido la tarea de hacer el secundario para tener una herramienta mejor a la hora de apoyar a sus hijos, de contenerlos, de hacerles mejor lugar en el mundo.

En tiempos en que lo único que uno ve a la vera es desolación, en los que entender el presente demanda protectivas y abundantes cuotas del más cínico escepticismo, en estos tiempos es que la prepotente inocencia de ese cura suena como un piedrazo en un campanario.

La palabra les hacía recordar a los que acababan de triunfar que el logro había sido una creación del conjunto, que si era legítimo vivirlo como una realización personal, era el entramado de voluntades la victoriosa red que acababa de recoger un resultado. Y más, los comprometía a no abandonar ni la idea ni la fuerza ni el sentido colectivo, porque había más por lograr. Y que ese logro por venir (y aquí viene la audacia de corazón por excelencia) era nada más y nada menos que la felicidad.

Y yo, con las pesadumbres que resultan de cargar todo en la cabeza y demasiado poco en el alma me dije: —¿Este cura está diciendo que la felicidad es una obligación? ¿Este pibe de ojos limpitos y palabra sencilla me está diciendo a mí, un campeón de la melancolía y un refugiado habitual de la tristeza que la felicidad es el imperativo categórico de los argentinos? ¿Este tipo, sin que nadie lo interrumpa o lo apedree, o lo bañe de ruidosa indiferencia viene a proclamar tan suelto de cuerpo que este asunto de la felicidad es nada más y nada menos que “la felicidad del pueblo”?

No la felicidad como una fugacidad, como un mendrugo ilusorio que resplandece por instantes en medio de la oscuridad de la vida cotidiana, de la rutina, de la desazón, de la resignación ante la defectuosa condición humana. Tampoco la felicidad como una utopía, como la persecución de un objetivo que, aún cuando inalcanzable, nos permite vivir la ilusión y aliviar nuestro oscuro y fatigoso derrotero. No. La felicidad ahí, palpable, contante y sonante, la felicidad por ventanilla. De eso nos hablaba ese cura, esa mañana con un sol que parecía darle la razón. De la felicidad como destino colectivo, y por lo tanto como obligación, a la que nadie puede desertar. Las pruebas del compromiso las señaló para esa ocasión, en hombres y mujeres hacedores de un logro, irrefutables muestras de oro que atestiguaban sobre la existencia del gran filón.

Esa mañana me decidí a asociarme al compromiso de la felicidad. No sin esfuerzo, ya que siempre me fue trabajoso cumplir con mis obligaciones.

La verdad de la milanesa

Por Tato Contissa

Aguardientes. Segunda temporada.

En afán de aclarar frases que se escuchan a diario, alguien, no recuerdo quién, me contó así esta historia.

En el siglo XII, Milán florecía como ciudad inigualada en las artes. Los faldeos de los burgos milaneses se atestaban de artesanos, ingenieros mecánicos, pintores, escultores al paso, fileteros, tejedoras de crochette, yeseros finos, gomeros, alambradores y profesores de Bonzai.

En la Vía Vilegas, epicentro de la actividad, Giacomma Valvedrinni, hija de humildes labriegos y oriunda de los suburbios de la ciudad, destacaba del abigarrado paisaje de la Feria por su belleza inigualable. Ni las mujeres de la corte, ni la galanura de las hembras nobles podían disputar siquiera con el esplendor de esa mirada esmeralda con destellos dorados. Ninguna reina podría superar su porte. Ninguna aristocracia podía emparejarse a la escultórica figura de la villana.

Tanta fue su fama que llegó a oídos de Fabrizio Calcátimo Condittieri, Duque de Bérgamo, quien con ánimo galante, curiosidad juvenil y consecuente calentura, cabalgó hasta Milán para comprobar los dichos que enturbiaban sus sueños y lo habían condenado a horas de sospechados encierros en su cuarto de baño.

La tarde de su arribo Fabrizio comprobó que lo que le fuera contado era injusto por escaso ante el esplendor de la belleza de Giacomma. Sin vacilación y sin descabalgar, secuestró a la plebeya llevándola en la grupa hasta el montecillo más próximo al linde del villorrio. Se apeó. La bajó de su caballo y la tendió sin más sobre la blanda hierba del reverdecido prado. Sin decir palabra, recorrió con sus ojos y sus manos toda la plenitud de la belleza. Y cuando arribó allí, al íntimo lugar donde la tibieza prometía el máximo goce del amor carnal, Fabrizio descubrió que Giacomma tenía “algo más” que lo esperado en una niña. Tal fue el estupor, la sorpresa y el horror que atacó su ánimo, que al partir raudamente en su corcel sobre la grava diamantina del camino, cubrió al travieso Giacommo Luiggi Antonino Valvedrinni (así su nombre completo) de una fina capa de tierra y arenizca (rebozo que se recuerda hoy con el pan rallado y el huevo batido en la cocina europea).

Fabrizio y su ansiosa epopeya habían descubierto, sin querer, la verdad de la milanesa.

Como coló la inseguridad

Este es otro fragmento de Salven a Clark Kent. Editorial Corregidor. Abril de 2005.

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            Está el Blumberg de carne y hueso y está el otro, la construcción mediática, la medida canónica de los sectores medios que encontraron un dolor de identidad y una glorificación de sus temores.

La ideología de esos sectores, que atraviesa toda la sociedad, vertebra además la cultura de los medios.

Los medios piensan como la clase media, la gente en los medios es la clase media. El sentido común, para esta cultura, es el sentido “del común de la gente”. Y aún cuando el periodismo se siente (y se desea) ajeno a ese anonimato, no cesa de reverenciarlo en el discurso. Su adicción a las audiencias construye una demagogia suficiente para envaselinar la columna mercurial de los ratings.

Por eso uno y otro Blumberg se han convertido por un tiempo indeterminado en la piedra de toque de la referencia mediática. Pocos se atreven a rozar la túnica del nuevo tribuno. Un tribuno que no cesa de atropellar a las instituciones que desconoce y que ignora indeliberadamente.

Indeliberadamente porque la ignorancia de Blumberg es genuina, la misma ignorancia que los sectores medios mayoritariamente tienen sobre la cosa pública.

Pocos se atreven a contrariar al personaje. Casi nadie. Los periodistas más aventurados juegan al sosiego y al equilibrio, y hasta a la condescendencia ante cada infortunio verbal del nuevo santo.

Los griegos llamaban a quien se desentendía de la cosa pública: idiota. Una paradójica idiotacracia se apoya en el terror del periodismo a desafiar la caprichosa voluntad de las audiencias.

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Sintió la carga amenazante de la voz del contestador. Era una mujer, mucho peor para él. Con la pesadez admonitoria de una esposa defraudada, de una hermana beligerante, de una hija hastiada, de una madre abochornada ante la conducta del hijo.

– Después de eso que leyeron pienso cambiar de radio. Ustedes no tienen derecho a degradar la persona del padre de Axel.-

Se había tomado en serio la modalidad de los mensajes telefónicos al aire. Tanto que ya casi ni chequeaban lo que salía. De manera que la voz de esa indignación golpeó con furia inesperada.

Había tres cosas. La primera “cosa” era la cosa del temor. La sentía alrededor de los ojos, en el cuello, en los bronquios, como un sofoco. Era el temor a desaparecer por efecto de cambio de dial. Conocía esa condena, puesto que había vivido una vida de culpable. Una vida de decir lo que más le parecía, lo que más concluía, lo que se presentaba ante su conciencia luego de haber reunido datos, contrastándolos y finalmente reflexionado. Esa tarea siempre lo alejaba del sentido común y lo acercaba a su patíbulo. Se había entrenado para convencer, y para convencer había que argüir. Y argumentar era investigar, estudiar, trabajar. Le parecía escuchar la voz del Ruso haciéndole el favor de amigo de una condescendencia compasiva diciéndole mientras comentaba sus escritos:

-Qué manera de esforzarte por ganar amigos que tenés.-

Pero al Ruso le importaba más el amigo que el periodista (porque casi amigos ya no tiene)  y siempre terminaba mirándolo como quien mira el irremediable trayecto de alguien que acaba de caer por el hueco del ascensor.

Él en cambio, se obstinaba en sostener la forma del periodismo que no recordaba quién le había enseñado.

Supo tarde, cuando ya la modalidad se le había hecho hábito, que la tarea no era la de convencer sino la de coincidir, la de captar el temperamento de “la gente” y reproducirlo con fidelidad, la de halagar el oído del oyente, la de decir “lo que la gente quiere oír”. Y aún cuando tarde, cuándo tarde eso ya le era sabido, no lograba sino apenas aproximaciones y, como en ese caso, cuando el asunto lo desbordaba, cuando el resultado de su pensar se le volvía irrefrenable, volvía a contrariar al “soberano” y a recibir la condena.

La segunda cosa era que le tiraban a Axel por la cara. Le tiraban la poderosa y fantasmal figura del chico asesinado como la carga de la prueba. Lo inhabilitaban silenciándolo con la impronta de la muerte, con su indiscutible fatalidad. Lo ponían en ese lugar en el que el gesto condenatorio clausuraba todo pensamiento posible.

Ahora hijito mío tenés que sentir. Y sentir significa imbuirte del sentimiento promedio de la audiencia. Mutar extático al inconsciente colectivo en una relación que siempre te obstinarás en vincular con “el uno y el todo”. Muy oriental y muy a propósito.

La tercera cosa era la necesidad de una tanda, otro par de mensajes, un tema musical y un respiro. Había pecado de una inteligencia prohibida en el paraíso mediático. Dios estaba enfurecido, y muy dispuesto a escuchar la radio de Hadad.

Tato Contissa, el sábado, 9 de octubre de 2010 a la(s) 21:33 ·

 

Cultura de batalla para la batalla cultural

No estamos haciendo bien en declarar la batalla cultural sino sabemos como ganarla. Y peor; con quien. Y peor aún, sin saber con justeza contra quien se está librando.

El drama argentino contemporáneo es que los sectores más conservadores de la sociedad están atravesando por la ancianidad intelectual. Aguinis escribe muy mal como en el siglo XIX, Tomas Abraham lo aventaja en un siglo, y José Sebrelli escribe arrastrándose sobre las heces de sus viejos talentos, Santiago Kovadloff abunda con la vacuidad de sus impostaciones teóricas. Tal vez Sarlo, quien cuenta con una formación igual de enajenada pero más sólida, dispare alguna idea capaz de trazar alguna línea que se asemeje a los perfiles de la realidad argentina, pero rara vez lo logra. Una desgracia del conservadurismo que se vuelve desgracia para el progresismo, porque le implica pérdida de mensura, falta de cánones, ausencia de medidas para una comparación y, esencialmente, la contraparte de la dialéctica posible. Por eso habrá que hacerse de pensamiento propio, una vez más.

Como remedo o cabestrillo de estas deficiencias, un aparato periodístico versión módica de los mencionados intelectuales arrecia con sus diarias versiones homeopáticas de aquellos lineamientos. Sirvén, Morales Solá, Leuco, Eliaschev, Van der Koy.

Si la Europa que espeja sus brillos decadentes sobre estos personajes vernáculos está afrontando su peor crisis política (no económica) munida de la más ramplona dirigencia de su historia, resulta fácil colegir cuán desmerecidos son estos subproductos del colonialismo cultural de la Argentina.  Posan (remedando sus antecesores de mediados del siglo pasado) una nostalgia europea, abulias, melancolías, postraciones y sentimiento de frustración sobre una supuesta oportunidad perdida. Todo ahistórico, todo absolutamente demencial.

La clase social que alimentó este intelectualismo de living fracasó no por otra cosa que por el desmantelamiento del modelo económico asociado al imperio británico, que cayó en 1930 arrastrando los decorados de una Argentina virtual. No tuvieron proyecto propio, se les acabó el agua y ni siquiera eran dueños del caño. El peronismo no vino a destruir esa Argentina, como suele postularse desde diversas localizaciones ideológicas, sino a hacerse cargo de la Argentina que ellos fracasaron, claro que para eso debieron recluir todos los privilegios que ya habían pasado del plano de la injusticia al plano del absurdo. Y en eso consiste el hecho revolucionario del peronismo.

Sin embargo, la base intelectual del proyecto siniestrado pervivió. Aún pervive tras mutaciones siempre emparentadas con las variaciones operadas en el pensamiento europeo de la posguerra.

La marca que dejó la insidia sarmientina es muy profunda. Es la enajenación como escuela. Para los griegos el bárbaro era el extranjero, para el maestro sanjuanino el bárbaro era el hombre del país. Colocado lo indoamericano en el plano de la zoología, y calzado el sistema de la autodenigración con el modelo colonial dependiente, la reproducción del modelo de pensamiento sigue asegurada aún en este siglo nuevo.

Mientras que Withman hacía la alabanza del hombre de la pradera norteamericana, aquí el padre del aula abominaba del hombre del país en la demonización del Facundo.

De esa madera salen las astillas de la xenofobia diaria que estremece por su impudicia en las pantallas de la televisión.

Lo peor es que, como se trata de un sistema de prejuicios, no hay razón que les entre y no hace falta de su parte más que una puñado de necedades sostenidas desde un sentido pretendidamente común.

Por eso un discapacitado político como Macri representa al idiota* de clase media argentina con exactitud. Tilingo por empobrecimiento intelectual, sórdidamente peligroso como todo burgués asustado pero dueño de una capacidad de cálculo material que duplica esa peligrosidad.

Contra qué peleamos?. No contra esto. Esto no tiene remedio.

El país necesita reconstruir se propia imagen y esa es una tarea ardua y grandiosa. Hay que construir en la escuela, en los medios, en el Estado, en la calle, en la música, en la literatura, en el cine, en el teatro. Hay que hacer ver la Argentina haciéndole ver sus ojos a todos y cada uno de los argentinos.

Por eso habrá que hacerse de pensamiento propio, una vez más.

Tal vez una milonga, como receta a menudo Dolina, sea más efectiva que un tratado descriptivo de tanta medianía. Pero hay otras milongas que deben componerse en la realidad de los argentinos antes que se concrete la amenaza de su empobrecimiento espiritual. 1) Las Universidades Nacionales tienen que proyectar la formación de recursos humanos para el nuevo Estado argentino. Esto demanda entre cinco y diez años.

2) Los suburbios del sistema mediático tienen que asumir la centralidad que como oportunidad les ofrece el nuevo sistema legal. La “otra palabra” no puede hacerse esperar. 3) Las organizaciones sociales y las organizaciones libres del pueblo deben encontrar en el Estado un respaldo para recomponer el tejido social asolado por las políticas conservadoras de los noventa. 4)Los sindicatos deben reforzarse institucionalmente para participar activamente en la construcción del nuevo modelo. 5)Y si hubiere un empresariado nacional dispuesto a acompañar en la tarea, cosa que siempre dudo dada la penosa historia de entreguismo colonial  y traición de la burguesía argentina, el proceso lograría gran celeridad.

En síntesis, cuando hablemos de profundizar el modelo, hablemos de esto porque de lo contrario estaremos hablando de nada. El gobierno Nacional y Popular de CFK ha liberado las mejores fuerzas de la Nación. Llegó el momento de estructurarlas y encausarlas para la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria.


 * Uso el concepto “idiota” no en su extensión insultante sino en su acepción etimológica. Los griegos llamaban Idiota al que se desentendía de los asuntos públicos.

Tato Contissa, el Martes, 18 de enero de 2011 a la(s) 14:39 ·

 

De manual y de película

Salgan debajo de las piedras, es hora de irse, de tomarse el palo, no pueden seguir medrando con la inmovilidad que produce la tristeza. Porque la tristeza del pueblo es lo menos que deben respetar. Y el enojo de los que no nos acompañaron y que suman y no son el enemigo, también. Está claro que ustedes no fueron derrotados, que los que nos comimos el garrón somos nosotros, el 30 por ciento, los cinco millones, disculpe señora presidenta, los cinco millones que nos quedamos por mérito propio y no por la calidad de nuestros dirigentes. Fuimos muchos más, recuerde, señora presidente.
Lo que debe ser es que en estos dos años que vienen, más que la ayuda que le ofrecen los que quieren restaurar las desgraciadas políticas del conservadurismo, es que usted se saque de encima la “desayuda” de los que contribuyeron a la derrota electoral y a la demolición espiritual del proyecto que la inmensa mayoría de los argentinos abrazamos hace sólo seis años.
Veo que el ex presidente Kirchner asume su responsabilidad. Pero no veo a nadie más mandando la cartita, no veo a nadie más haciéndose cargo. Observe señora presidenta como son de miserables. Dese cuenta que allí, en esos espíritus paupérrimos, transcurren las razones de el estado actual al que han arrojado a su gobierno, que es el nuestro, a pesar de las distancias que esos tipejos le ponen al pueblo.
Es gente sin causa señora presidenta, con lo que no se trata de hombres ni de mujeres valederas, según sabemos los peronistas. Se trata de truhanes módicos, de fulleros acomodables, versátiles. Sáquenoslos de encima, por favor, señora presidenta.
Porque ahora le van a decir que el voto viene por derecha. Se da cuenta señora, por derecha, ahora que el mundo se vuelve a la fuerza peronista, ellos le van a decir que la salida viene por derecha. Por allí viene el voto; eso le van a decir.
Por eso será fácil detectarlos. Como en la película “El Padrino”, de manual, los que le vengan a decir “el voto viene por derecha”, esos, esos son los que paren la traición.

Tato Contissa, el Lunes, 29 de junio de 2009 a la(s) 23:14 ·