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Proyecto, temperamento y Conducción

He leído con detenimiento el artículo de Jorge Rulli del pasado 5 de julio y que fuera “publicado” en su programa de los domingos en Radio Nacional.
No intento refutaciones, correcciones ni aprobaciones innecesarias, un tanto por respeto y afecto al autor, otro tanto (y esto quizá se entienda mejor al final de esta exposición) por metodología.
Sucede que me resulta más valedero lo que provocan sus dichos que el propio contenido de los mismos.

Forzar la historia es ilusorio, pretencioso y estéril. Lo más que se puede en esos arrojos es ridiculizarse al límite de la historieta (¿comics?) o acanallar historias emblemáticas de la historia verdadera.
Los grandes hombres que salen de los grandes pueblos nunca han cometido este error equivocado, padre y madre de todos los errores; el de querer torcer, desviar, detener o violentar el curso de la historia. Esos hombres, desprendidos de todo lo fatuo en cualquiera de sus formas, han conducido ese curso por capacidad de temperamento.
El tiempo en el que se desarrolla la vida humana tiene su topografía: ellos, los hombres y mujeres de los que hablo, saben verla. La secuencia de hechos tiene actores, velocidades, giros, ellos saben preverlos. Esos tipos no se confunden de rol, perciben que su acontecer es circunstancial a una realización superior que depende de ellos en una medida insoslayable, y comprenden que ese es su sólo mérito y su carga irrenunciable.
Para afrontar una sucesión de eventos de tal envergadura histórica hace falta un temperamento especial, una inteligencia acorde y una idea épica del sacrificio.

La noción arquetípica de líder es del siglo XX, pero la última década del mismo degeneró la palabra en su aplicación a vendedores de detergentes, pastorzuelos de iglesias metastásicas, gerentes y presidentes del tercer mundo en tránsito imaginario al primero, con lo que se ha desmerecido de forma terminal. Se prefiere por esas razones la idea de “conductor”, elegida (ahora pienso) no de manera casual por el propio Perón. Conducir es un verbo que reconoce la existencia de algo conducible, por lo tanto organizado, con un fin que no determina el que conduce sino que, por el contrario, determina las condiciones indispensables de quien habrá de ser su conductor.
Si analizamos los últimos treinta y seis años políticos de la Argentina no vemos de esos navegantes.
Tal vez la desvaída identidad de los fenómenos posmodernos tenga que ver con esas ausencias, haciendo que lo que emerja políticamente sean especies acordes a la insustancialidad de estos tiempos. Quizá entonces debamos conformarnos con disminuidas versiones de conducción siendo que el getho de la política prohíja solo formatos raídos y mediocres. Baste pensarse en algunas de las figuras que tocaron la cúspide de la dirección republicana en la Argentina finisecular.

Sin embargo, pese al deshilache, creo que este no es cualquier momento de nuestro ser histórico, que no estamos transcurriendo una meseta de intrascendencias sino que, por el contrario, este es un tiempo de cambios esenciales.

Entre 1976 y 2001 a la conciencia colectiva de los argentinos le pasaron una triple amoladora: el terrorismo de Estado, el terrorismo mediático y el terrorismo económico. El resultado era previsible, la mayoría terminó insensibilizada políticamente por temor, asco, desprecio o defraudación, especialmente los sectores medios, que son ontológicamente volubles, variables y acomodaticios. Pero la tarea les llevó 25 años.
El 2001 fue un regurgito histórico del que sobrevinieron siete años en los que la triple amoladora se detuvo, o al menos aminoró su acción. Ese corto lapso regeneró una red en donde la militancia social y política, en defensa propia, resurgió del desierto ceniciento de la tercera década infame.
En sólo cuatro años, “patria”, “compañero”, “liberación”, volvieron al léxico de la calle retoñando en las voces de los más jóvenes, mezclándose con las emociones de las segundas oportunidades que avizorábamos los que pasamos los 50 y dándole a la política un color remozado.
Si de este magma no salen conducciones con los temperamentos requeridos todo habrá sido una ilusión, el desierto posmoderno nos habrá creado un espejismo. Yo no lo creo. Hay que esperar la madurez del tiempo. ¿Cómo? Con actitud atenta y militante, cuidando y mejorando el clima institucional. No dejando que la política vuelva a recluirse en los arquetipos de los gerentitos. Tejiendo redes políticas que contengan la impiadosa realidad social de los siempre postergados.
Profundizar la organización hará emerger conducciones para realizar el proyecto. La fe es tan grande que no tengo lugar para la duda.
Podemos enojarnos, dolernos, desanimarnos, putearnos. No podemos abandonar.

Tato Contissa, el jueves, 16 de julio de 2009 a la(s) 15:23 ·

¿Qué dicen ustedes?

No sé que pensarán ustedes y me interesa. Sé que hay estúpidos por doquier y que pocas veces pueden ser interpretados como emergentes de otra cosa. Y esta es mi duda.

Ayer lunes cenaba con mi hijo y un amigo en un restaurante de Centenario. En la mismísima esquina un hombre es arrollado literalmente por un automóvil. La situación consternó a todo el mundo como es de imaginarse. La policía presente en el lugar actuó de inmediato avisando a quien tenía que avisar. SAME y 911.

Dentro del restaurante un individuo empezó a putear contra el kirchnerismo aduciendo que hacia no sé cuánto tiempo que quería comunicarse con el 911 y nadie lo atendía. Y que siguiéramos votando a esos inútiles, etc., etc. Varios le dijimos que era entre un desubicado y un pelotudo. No doy más detalles pero terminó a las trompadas, como es de imaginarse en estos casos.

Mi pregunta es: ¿Se trata sólo de un estúpido? ¿O es que han logrado instalar un estado de ánimo a través de los medios? Lo curioso es que la mayoría de la gente repudió la actitud del tipo. Les dejo la inquietud y me interesa de verdad saber lo que piensan, aunque el relato se malo.

Tato Contissa, el Martes, 11 de enero de 2011 a la(s) 11:19 ·

 

Razón y Causa para el Uruguay

El presidente del Uruguay, José Mujica, declara sin causa. Con el acento intencionado de algunos medios del neoliberalismo argentino y el soslayo obligado de la diplomacia, los dichos del veterano mandatario no dejan de ser una provocación al pensamiento.

Podría decirse que tiene la picardía del truco, sino fuera que desde 1930 el Uruguay no juega a nada por los porotos, cuando dejó de valer como trebejo en el tablero imperial británico. La traición histórica a Artigas, traición a dos orillas bien cabe recordar, se extiende en la política oriental con pertinacia hasta nuestros días, pudiéndose decir sin pecado de desestimación que el ex Tupamaro es, sin dudas, un presidente uruguayo más.

Es que el Uruguay no tiene causa, toda vez que nunca pudo abrazar la causa integral latinoamericana de la que fue parte Artigas. Y en esa frustración original, que es parte de toda nuestra frustración, reside su deambular constante más allá del color político que lo conduzca.

Evo Morales es un gran presidente porque tiene causa para Bolivia, su integración política y social. Su país es más pequeño y más pobre que la tierra cisplatina, pero su comprensión del presente le hace valer la causa y lo pone como un articulador indispensable en la región.

Parece que Mujica ha preferido “hacer la diferencia” coqueteando con los que necesitan que el proceso político de América Latina se detenga. Con Tabaré inclusive, el Uruguay hizo como si el ALCA no hubiese fracasado, y ahora observa con mirada cansina e indiferente las corrientes integradoras que conmueven a nuestros países.

El presidente Mujica dice lo que dice entonces, porque declara sin causa que es, en este lar del planeta, como declarar sin razón.

Tato Contissa, el Viernes, 12 de noviembre de 2010 a la(s) 14:45 ·

 

Tan cerca

Debería callar de vos

de vos debería callarme

Pero en lo que callo, al solo callar me hayo invadido

Venis expulsada de todo cuanto de vos ignoro

(Que para quien sabe poco es todo)

e integralmente soñada por mi sueño.

Dueño de mi dolor y de mi alivio

navegándome te encuentro

en aguas mías recientemente descubiertas.

Hay una sonrisa de bandera que te destella y achina la mirada

y es todo el material  para esa puerta que quiere abrirse de mañana

Esa yaga que duele (paso el dedo del amor sobre su marca vieja)

se sabe muerta (palpo el fluido del ayer bajo su muesca)

mucho más que muerta

cuando te ve tan cerca.

Tato Contissa, el Viernes, 3 de diciembre de 2010 a la(s) 13:51 ·