Archivo de Mayo de 2008

¡Bárbaro! Las ideas no se suicidan.

Lunes, 12 de Mayo de 2008


  

 

El error más grave que puede cometer quien lucha contra los leones azules es prestar atención a las recomendaciones tácticas que quiere suministrarle un león violeta.

 

Julio Bárbaro ha abandonado la circunspección que caracterizaran cuatro años y medio de silenciosa labor en el Comité Federal de Radiodifusión. Suponía uno que tanto mutismo obedecía al trabajo febril en despliegue, y entonces dio para que se entendiera que, al cabo, la voz recuperada nos daría los favores del balance. Pero no.

 

El discurso del Bárbaro tardío transita otras veredas muy lejanas a las cuentas que rendir. De los ojos atentos en la mirada corta sobre su escritorio de funcionario nos regala ahora, sin solución de continuidad, una mirada en perspectiva, panóptica, de la Argentina, el mundo y sus alrededores. ¡Ah… Los universos del filósofo!

 

Lo bueno de la instancia es que los menos avisados podemos disfrutar del despliegue de toda la panoplia intelectual del nuevo Bárbaro civilizado.

Habemos hallazgos.

 

Suspender la clase “oligarquía” por no poder ubicarla en la economía difusa del campo, es una operación intelectual equivalente a suspender la existencia de un hijo por no hallarlo en su cuarto. Bárbaro lo hizo.

Y en afán de señalar inexistencias se ofrece a declarar la del peronismo, lo que seguramente consideró muy bien receptado por el “establishment” intelectual de la Argentina que se empeña injustamente en no incluirlo en su directorio. ¡Señores. Que el hombre ya ha hecho méritos suficientes!

Ya tenemos dos problemas menos, desaparecidos por el bárbaro arte de la declaración de inexistencia. Vean que precioso resultado nos queda en la ecuación:

 Todo lo demás y la oligarquía VS El peronismo y todo lo demás.

 

De esta manera la realidad es mucho más accesible, ya que nos queda todo lo demás versus todo lo demás. No me digan que no se emocionan.

 

Más agudezas: La humildad es una forma sofisticada de la soberbia – dice, para concatenar esta otra fulgurante idea- se necesita sabiduría, inteligencia, formación y humildad. Como se ve, no se trata de reemplazar soberbia por humildad, sino de darle un poco de sofisticación a la segunda.

 

Sorprendiendo con cosas jamás dichas, como que el poder aísla, que no corrompe sino que delata lo que se es (¿la ocasión hace al ladrón?), Bárbaro arribó al tipo de construcciones en las que se siente más cómodo, las traslaciones de interpretación.

Ponemos mucha pasión en el fútbol –alertó- y en la política vamos a los saltos. Tenemos que ponerle más pasión a la política – concluyó. Este paralelismo iluminado es, colegimos, resultado de la profusa lectura del sociologismo de los años setenta, que promediaba las realidades combinando sus tópicos más evidentes. Recuerdo un trabajo titulado “Testosterona, democracia y tenis” versado sobre el discurso de Guillermo Vilas y que dejó huellas indelebles en la generación política de Bárbaro.

 

 

Estamos a las puertas de una ley de medios, que dejemos que se llame de Radiodifusión. Una Ley que, por civilizado, Bárbaro no impulsó. Más bien, seguro que preocupado por el transcurrir de su escritorio (tránsito del que no ofrece balance ni rinde de cuentas) demoró por humildad.

 

Porque estamos a la puerta de esa Ley imprescindible, asediada y jaqueada por los leones azules, hagamos caso omiso pero atento a las ideas suicidas de los leones violetas.

 

 

 

Ley de medios por los medios de la ley

Lunes, 12 de Mayo de 2008

 

“La realidad es más aproximada cuantos más puntos de vista se tengan para su observación”
                                                                     Abert Einstein
 

 

Como todos los medios son públicos la ley de radiodifusión es un asunto de todos.

En efecto, soslayando la concesión publicitaria de Canal 7 que se autoproclama “La Televisión Pública” creyendo audacia lo que es zoncera, el carácter público de TODO el espacio mediático es lo que realmente está en discusión.

 

Lo vamos a decir una vez más y las que haga falta: TODOS LOS MEDIOS SON PÚBLICOS, no importa su estatus gerencial, si del Estado, los estados provinciales, privados, cooperativos, societarios sin fines de lucro, comunitarios u ONGs. La utilización de esos espacios públicos necesita una reglamentación, una puesta en ley que preserve esa condición y los derechos y obligaciones que implican.

Como la Educación y la Salud, el espacio mediático es público (ya lo dije pero no me canso). Y si a nadie se le ocurre en la escuela privada suspender la base curricular de contenidos, independientemente de las inclusiones que puedan adicionarse a esa base, no se advierte razón para que el campo mediático haga potestad absoluta de lo que es facultad relativa.

 

Hay en la administración de los medios, mucha amplitud para la diferencia, para la libertad, para la diversidad, sin que tal amplitud se vea resentida por la sola observación de las responsabilidades que implica el carácter público de esos medios. De manera que no hay excusa, ni fantasmas que se presten a la excusa, para no atender a esas responsabilidades.

 

La ley, para que lo sea con mayúscula, será la Ley de todos. De los actores directos y de la comunidad en su conjunto. De manera que nadie puede distraerse en la consideración de que se trata de un asunto de competencia profesional o de una porción del mercado.

Es que está en juego, nada más y nada menos, que la reconstrucción de un espacio democratizado de la palabra pública, único espacio que puede garantizar el derecho a la información y con él, la añadidura de las libertades de expresión y de prensa.

 

La ausencia de la ley hace de las sociedades un campo prolífico de desigualdades jurídicas que se traducen necesariamente en injusticias.

 

Los medios no son góndolas en un supermercado simbólico. Son “el sitio” en donde se recrea y expresa la riqueza potencial y actual de una comunidad y de su cultura.

 

Pero para qué digo esto? En primer lugar para sacar la discusión del terreno anegadizo al que la llevan los medios concentrados de la Argentina. Puesto que parece que aquí se tratara de una cuestión dilemática entre libertad de expresión y censura, prensa independiente y medios amordazados, democracia y totalitarismo.

Prescindo del discurso y pongo a la realidad como testigo declarante.

 

La libertad de prensa es en el país un derecho plutocrático. La agenda es creada por tres grupos editoriales que, en apariencia, se ven tácticamente autónomos pero que dependen estratégicamente de sendos grupos económicos. El “ruteo” de nombres, los módulos temáticos, las corrientes de opinión y el otorgamiento de reputaciones obedece a una estricta y férrea política que suele llamarse, vergonzosamente, línea editorial. Los periodistas son empleados sujetos a la tentación de unas famas indebidas, o amenazados por el ostracismo. Esto hacia adentro.

 

Hacia afuera la acción es tan o más salvaje. Hasta ahora ( pues la cosa está cambiando) los medios concentrados presionaban o directamente compraban a los funcionarios del área, para que hicieran valer el anacronismo legal de la 22285 sobre la periferia del sistema, ámbito nacido azarosamente en la mitad de la década del 80 por el empuje y las voluntades de las voces que guardaba bajo su campana de silencio. Persecuciones, decomisos inducidos y operados bajo la norma difusa de la dictadura, atentados, amenazas. Seguramente todo esto en nombre de la libertad de expresión. Es curioso como los libertarios de prensa suelen llamar a la policía cuando alguien hace prensa fuera de sus medios.

 

Antes de la hecatombe del 2001, igual que hace unos días atrás luego de agitar el fantasma del observatorio de la discriminación en los medios, varios reputados periodistas de Clarín y La Nación se juntaron para ocuparse del destino de los medios públicos. Por supuesto que estaban hablando de los medios en manos del Estado. La tesis, entonces, era de confinamiento. No debían acceder al mercado publicitario, tenían que ocupar el lugar que no  ocupaban los privados y, fundamentalmente, salirse de la competencia en el discurso. Era el llamado al mazazo final. Los medios del Estado, saqueados, empobrecidos, tecnológicamente abandonados, utilizados como espacios de conchabo político de los gobiernos de turno y puestos a cargo de ineptos e inescrupulosos, debían ahora cumplir con la última penitencia.

 

A partir del 2003 comenzaron a presionar sobre la pauta oficial. Por qué? Por negocios? Por ambición pecuniaria? No. De ninguna manera. La pauta oficial alcanza dificultosamente el 6 por ciento de la pauta publicitaria de la Argentina. No es un gran botín. ¿Entonces?

La respuesta es sencilla, ese dinero podría hacer sobrevivir a los medios periféricos, a los pequeños medios, a las voces alternas, a los que todavía daban la pelea a pesar del ninguneo legal montado por la norma de la dictadura. He aquí la verdadera faz de los hombres de la prensa independiente y de sus empresas de libre mercado.

 

Nunca entendí demasiado bien el adagio “Lo óptimo es enemigo de lo bueno”. Esta vez le encuentro aplicación. La ley óptima, cuya existencia es tan relativa como dudosa, no debe producir una frustración más. La “base” está, diría el Bambino. Garantía de participación de todos los actores en el espectro; reducción del manejo extranjero en las licencias; limitación de la propiedad de habilitaciones para evitar los monopolios; responsabilidad social y pública en la administración de contenidos, no para condicionar sino para que no se haga desaparecer en la grilla (como sucede hoy) a las presencias mínimas de la cultura nacional y popular de los argentinos.

 

 

 

Entre hacer lo que se quiere y querer lo que se hace, siempre debe haber la norma, para que todos juguemos el juego que nos hace falta a todos. Una norma que no desdeñe puntos de vista y que los ponga en el juego de entender un poco mejor nuestra realidad.

 

 

 

 

 

  

 

 

Un Backstage sobre el peronismo y los medios

Miércoles, 7 de Mayo de 2008


  

(Este artículo ha sido publicado en el primer número independiente de la revista CONTRAEDITORIAL en respuesta a una opinión publicada por Pablo Sirvén.)

 

Ni el peronismo es una entidad hierática ni el sistema mediático es un agente de la cultura que no haya sufrido profundas modificaciones especialmente en los últimos sesenta años. De manera que ofrecer un inventario de contactos mutuos a los largo de sus historias es, cuanto menos, una ingenuidad epistemológica.

Es que la aventura de un ensayo sobre las relaciones entre peronismo y medios es demasiado valiosa como para reducirla a la metáfora de la película siempre vista.

 

Justifica a quienes siguen esa vocación por la simpleza, el hecho de que la sociedad contemporánea no ha dado, ni en la Argentina ni en el mundo, una revisión sobre la naturaleza de la relación de los sistemas mediáticos con procesos históricos que impliquen revulsión política y social. En el país, precisamente, nadie (que conozca) se ha ocupado de la relación entre el sistema mediático argentino y el peronismo, considerado éste un fenómeno político y social de identidad única en la última mitad del siglo veinte.

 

Los intelectuales europeos se encuentran encarcelados en las categorías filosóficas y políticas acuñadas a la luz de sus propios procesos históricos. Estas lentes se han mostrado siempre incapaces para observar fenómenos políticos en América Latina y el Tercer Mundo. Con los argentinos, y con la mayoría de los intelectuales de la Argentina, la posibilidad de la excusa se hace menos posible.

 

Mirar al peronismo en relación con los medios de comunicación es, en primer lugar, la toma de un caso de la dialéctica natural entre los sistemas sociales y lo procesos históricos. Una dialéctica que si no se desarrolla de manera reversible nos puede hacer caer en el error de tomar las categorías del sistema como las categorías del análisis. Es lo que sucede cuando se mira esa realidad desde las ventanas de los grandes diarios o de las inefables pantallas del sistema mediático o desde el cine de la película reiterada.

 

La reversibilidad requerida, por otra parte, implica también considerar las categorías surgidas como consecuencia del desarrollo de ese proceso histórico llamado peronismo y que no es otra cosa que una cultura, es decir, a su vez, otro sistema.

 

        En segundo lugar, algunas observaciones preliminares respecto de ese sistema mediático resultan imprescindibles para la comprensión de la relación que indagamos. Decir, por ejemplo, que el sistema mediático no es homogéneo y que en él pueden observarse localizaciones, alturas, es decir áreas topográficas diferentes, todas ellas irreductibles a la variada naturaleza tecnológica que presenta y no desdeñar la dinámica de la historia con los cambios sustanciales que ha provocado en todo el sistema de la cultura. Quiero decir con esto que la alta concentración de medios, por caso entre otros casos, es un estado al que hay que atender mucho más que a la simple división entre medios audiovisuales y prensa gráfica, puesto que la construcción de la agenda se uniformiza independientemente del soporte técnico que la exprese (radio, TV, primeras planas).

       

         Tampoco puede dejarse de  recordar que dentro de ese sistema mediático, una diferenciación funcional llamada periodismo actúa como reconstructor de los fenómenos de opinión pública y del resto de los subsistemas de representaciones que tienen como fanal, fuente y escenario a los medios de comunicación de masas.

Verdad de Perogrullo ésta última, que es religiosamente reemplazada en el discurso y la conciencia por la idea absurda de que el periodismo es un transmisor de realidades puras sobre las que se practican ciertas técnicas de producción.

(Ver Blog www.tatocontissa.com.ar. Nota “Reflectores, encandilados y enceguecidos”)

       

        Toda vez que recuerdo en voz alta que el sistema mediático en cualquier país de Occidente es una estructura operativa simbólica de la democracia burguesa, los ojos de un sinnúmero de colegas pierden ese brillo de progresismo que suele iluminar las más  de sus observaciones acerca de la realidad.  Un asombro que anida en la ignorancia de que el capitalismo y su sistema de generación simbólica están decididos a albergar, pero en versiones descafeinadas, a todo el espectro ideológico de la humanidad. Dicho de otro modo, igual que con el colesterol, es posible imaginar la existencia de un nacionalsocialismo bueno y uno malo, de un capitalismo bueno y uno malo, de un socialismo bueno y uno malo. Los buenos son los sistémicos, los malos aquellos que alojan fuera del sistema y “lo amenazan”. Atentos con la palabrita.

       

Si en algo el peronismo conserva su estigma revulsivo es justamente en el hecho de que, a diferencia de lo mencionado, no registra en el sistema mediático y en la concepción del periodismo hegemónico una versión buena, aceptable, sistémica. En ese sentido sigue siendo como lo caracterizara el  decir de John W. COOKE: “ el hecho maldito de la argentina burguesa”.

       

Siendo así no habría que explicar cosa alguna para asentir en el hecho de que el peronismo y los medios no se llevan, no pueden llevarse, naturalmente son antagónicos.

       

Es el sistema tiende a eximirse de explicaciones que lo conviertan en un polo, una opción, una posibilidad o uno de los extremos de una dialéctica. Su posición hegemónica lo lleva a producir significaciones que consoliden sus visiones parciales y su cosmovisión como únicas. Así los conceptos de “economía” siempre se resuelven dentro del universo conceptual de la economía capitalista, su concepto de “ciencia” lo mismo, como cualquier otro discurso propio que se establece como discurso dominante primero y excluyente después.

 

De manera que, puestos el dios y los altares, prontamente la cuestión de la posición divorciada entre el sistema mediático y el peronismo se explica en términos del ataque y las restricciones que el peronismo ha realizado, efectivamente, a la libertad de prensa.

       

Conviene detenerse en esta cuestión puesto que por sí es capaz de explicar una de las razones por las cuales la naturaleza de lo mediático procede naturalmente a indisponerse contra cualquier manifestación de insurgencia y viceversa.

       

Dije bien, que el peronismo ha atentado ocasional y no tan ocasionalmente contra la libertad de prensa. Ha cercenado esa libertad, ha aplicado censura, ha presionado sobre los medios a veces sistemática y a veces furiosamente.

 

No curiosa, sino lógicamente, el peronismo ha realizado con mayor violencia esa política en los períodos de su historia en los que más peronista fue. Digo, especialmente, en los dos primeros gobiernos de Juan Perón.

 

Si aceptamos que, al menos por partida de nacimiento, los gobiernos que componen el decenio de Carlos Menem son peronismo, digamos que en sentido inverso fue en esos, los años del peronismo menos peronista de la historia, cuando más se facilitó la libertad de prensa y la relación de los grupos económicos y de poder con el sistema mediático. Desde la privatización de los medios en manos del Estado, hasta la ruptura de las trabas legales para la constitución de monopolios multimediáticos pasando por la archiconocida “cadena de la felicidad”, fue durante ese período en que más se gozó en el país la libertad de prensa.

 

Ahora bien, hay una distinción que el sistema no hace, que la prensa no hace, que los periodistas no hacen, que los politólogos y comunicólogos no hacen. Una distinción central que nadie hace. No son ni la libertad de prensa, ni la libertad de expresión los fundamentos de la libertad ciudadana que los principios democráticos necesitan garantizar. El derecho base a garantizar, derecho que le da sentido a la libertad de expresión en general y de entre ellas a la libertad de prensa, es el derecho a la información. Se trata del derecho esencial del ciudadano, para su toma de decisiones, para el ejercicio de su libertad, para la garantía del sistema y la transparencia en el ejercicio de los poderes y potestades que confiere.

Si se mide bien, habemos infinidad de casos en que la libertad de prensa de los medios de la democracia burguesa implican cercenamientos flagrantes al derecho ciudadano a la información.

 

Si es cierto que el peronismo no ha sido campeón de las libertades de expresión y prensa, también es cierto que sus gobiernos no han sido los mejores y emblemáticos en el ejercicio de la censura, la restricción o el cercenamiento de esas libertades. Podría hasta mejor afirmarse que se ha mostrado en las más de las veces bastante torpe para el ejercicio de la regulación, la censura y la restricción de esas libertades si se lo compara, por ejemplo, con los períodos del fraude o las dictaduras cívico-militares de la segunda mitad del siglo XX.

 

La respuesta es sencilla: sólo los verdaderos poderes que operan detrás de los cortinados de esa versión de la democracia tienen el derecho y la potestad de ejercer censura, regulación y cercenamiento, en última instancia a su propia prensa y a su propia libertad de expresión. Lo hará a través de las presiones económicas o a través de sus gobiernos, de urna o facto, que de ambos han tenido.

 

De manera que, repito, la razón de la mala prensa del peronismo respecto de la prensa se explica si somos capaces de reconocer la pertenencia del sistema mediático por origen y por cultura al modelo democrático burgués por un lado, y al carácter insurgente y revolucionario del peronismo frente a ese modelo. El resto resulta de la interacción de ese sistema con el proceso histórico, de ella, la experiencia individual y colectiva del periodismo se tinta en enfrentamiento, temor y antipatía natural al peronismo. De generación en generación, de maestros a alumnos, de la escuela a la Universidad, de derecha a izquierda según las categorías de mapeo político del Occidente europeo, para un periodista no debe haber nada peor que un peronista.

 

También está cierto y claro decir que el peronismo jamás supo qué y como hacer en el sistema mediático, casi como decir que jamás tuvo seria política de medios.

Para ser más exacto, revisando la historia, el peronismo no ha sabido cuando ha podido y no ha podido cuando ha sabido.

Hasta ahora.

Por las circunstancias que fueren, el golpismo mediático que azota a América Latina bien podría ser una razón, el gobierno peronista de Cristina Fernández de Kirchner ha interpretado la oportunidad y se dispone, con “la amenaza”  de una Ley de Radiodifusión de la democracia, a democratizar la palabra pública. Todas las luces rojas de emergencia del sistema se han encendido, “el hecho maldito” vuelve a conmocionar al “establishment” que ha medrado con el mamarracho jurídico de la ley de la dictadura.

El peronismo había traído en sus albores otras voces al escenario de la política. Insolente y “procaz” para los que detentan la palabra pública, ahora quiere ponerlos en igualdad de ley frente a todas las voces del presente, inclusive a aquellas que no le son propias. Demasiada democracia para quienes sentados a ver películas repetidas en el cine, desconocen las técnicas reveladoras del Back Stage.

 

 

       

 

La juventud, finalmente, es maravillosa

Miércoles, 7 de Mayo de 2008


  

 

Dar examen de revolucionario fue una tarea que en los setenta nos devoró mucha energía. Y quizá nos distrajo. La izquierda compañera de los sectores medios no peronistas, entre los que destacaban los hijos contestatarios de gorilas libertadores y los epígonos del nacionalismo católico, ocupaban dos de los tres bancos de la mesa examinadora. La tercera era la silla del marxismo ortodoxo y bienpensante, la más jodida de las sillas. Nosotros, también de clase media (una nacida o resucitada por el peronismo) nos debatíamos en las dudas que generaban las categorías retóricas de los examinadores. En los sectores medios bajos y bajos, esas dudas no existían. El poder de la memoria grabada sobre el cuerpo familiar del pueblo suele ser inconmovible.

 

No lo era todo. Estaban nuestros primos de la “derecha peronista”, los de la juventud sindical, algunos de los cuales terminaron jugando de Caín cuando a todos nos tocó jugar de Abel. Para bien o para mal, queriendo por querer o queriendo como se quiere a lo inevitable, la cultura del peronismo se tragó todo lo que no se tragaron las cámaras de tortura.

Y los años que siguieron nos resucitaron las “culpas” de la infancia, pero en formas distintas, aterradoras algunas, embebidas en rencor otras, horadadas de cinismo las más, todas devastadoras.

 

A principios de los ochenta hubiésemos podido empezar a hablar, no sé si con sensatez, pero quizá el hurgar en la memoria reciente nos habría permitido encontrar alguna pregunta necesitada de respuesta. Sucedió que había otras voces y otro relato. Vocinglería que salía de debajo de las camas y que entonaba una octava arriba, una octava abajo, la música del antiperonismo que había superado salvo el silencio de la dictadura. Era la generación que seguía, o la propia que no habíamos conocido. Nos sentimos extraños, extranjeros, raramente exiliados.(*)

 

Cuando superamos los cuarenta nos dimos cuenta que amábamos más al país que a nuestro empecinamiento. Algunos.

Tratamos de poner alguna letra cuña en las grietas del edificio de mentiras. Pocas veces lo logramos.

Entonces la juventud se había ido, y con ella la maravilla prometida.

 

Estos tiempos son diferentes. ¡Vaya verdad! Pero lo son de un ser también diverso, porque las banderas de nuestras derrotas y de nuestras victorias no enredan los pies marchantes de los pibes, y así algunas voces a las que no les prestamos toda la atención necesaria, distraídos como estábamos, suenan entre los muchachos y muchachas con otro tenor.

 

 

Podría explicarlo de otra manera, una que no nos castigara tanto. Decir por ejemplo que las versiones de la derecha contemporánea tiene la funcional estrechez intelectual de un Macri, y que la izquierda institucional parece una estudiantina, de tal suerte que no haya con quien discutir alguna cosa con nadie fuera del campo nacional y popular. Eso es un quita pudores importante para los compañeros de debajo de los treinta, porque les evita distracciones, les elimina una carga de culpa que pudimos haberles heredado y los lanza a la tarea de ser el corazón de la lucha presente y en ese hacer, recuperar para todos la maravilla perdida.

 

(*) Esto fue escrito en 1986, ya residiendo en Bariloche, en dónde habité por casi veinte años.

 

¿Sabés por qué me fui?
¿Por qué partí el farol del paraíso y me partí?
¿Sabés por qué entregué las furias enteras y las trizas,
rindiendo las murallas enanas,
petizas de mis ganas
Subiéndole el gas a las amnesias y bajando las defensas?
¿Sabés por qué me fui?
Quiero entregarlo ahora,
entregarlo, no decirlo.
Ahora que los otros exilios se cotizan
y vuelven a ganar los ventajitas.
¿Sabés por qué me fui,
de aquí…de vos…de mis amores?
Nos enseñaron a creer que nos debíamos…
Hasta el poder querer era un regalo,
un gesto secular, la herencia bendita de la patria,
una patria de cancha de bolitas, única batalla en la que se gana de rodillas.
Nos enseñaron a pensarnos leña ardiendo en los hornos de la historia,
sesgo vital en la rama del designio,
sal de la masa que habría de ser el pan de los futuros.
Nos enseñaron a ser duros,
Austeros,
espartanos.
A ponerlo todo en una mano para derribar los muros enemigos
A arder de trigos
A plantar hermanos
Y hacer de la casa de todos un lugar seguro.
Nos enseñaron que se vuelve
Que la verdad estaba y se regresa,
se la rescata de la nota injusta, aleve
con que los hijos de puta la secuestran.
Y la verdad se bañaba así en los bríos
Incalculablemente…
porque estaba escrito lo que ya sabemos
Que de cualquier manera venceremos.
Nos enseñaron eso y lo aprendimos
Lo engarzamos de almas, lo soñamos
Y haciéndolo materia lo encarnamos,
lo pusimos a andar en las veredas,
en las plazas…en las calles y en las letras,
en una infinita amalgama sin flaquezas.
Así crecí, en la certeza que brillaba en los ojos de los otros
Y creí tocar la filosa angostura del destino
soldado de la fe de los fervores.
Y así crecí seguro de que el viento sabía dónde iba.
Y ni siquiera me pegué el porrazo.
Ni siquiera me comí los cuernos
Ni siquiera me ahogué en el fiero abrazo del infierno.
Tan sólo me encontré perdido en un tablero de absurdas diagonales
en donde los más descomprometidos ,livianos y banales
se disfrazaban de mí mismo y festejaban
un triunfo por el que no habían luchado.
Y yo era el derrotado.
No me dejaban afuera…yo era el afuera,
viendo absurdamente flamear la bandera de mi esfuerzo
en la tribuna de enfrente..
De pronto los muertos no eran míos.
Ni mías las palabras prohibidas
Ni mía la misión de vida por la que sucumbieron tantos….
Y me vi obligado a dar explicaciones
porque tenía vencido e irrenovable
el carné de los derechos adquiridos.
Pasó lo que podía pasar…
el alma se me cagó de frío
Por eso me fui.
A que tuvieran mi hijo la resignación y la derrota
Y que no fuera en tu cuna el nacimiento
de este dolor que parece no estar y siempre brota.
Y me tomé el palo hacia paisaje
Un viaje al suelo
un simple viaje
en donde no hiciera falta ni un poco de coraje
para empezar de nuevo.
Tato Contissa