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Corazones albañiles

Viernes, 20 de Abril de 2007


  

Por Tato Contissa
 

La palabra del otro no siempre es la palabra del otro. A veces, por que la vida así lo quiere, la palabra del otro es el resultado de una provocación, o la consecuencia de una ventura o de un infortunio inscriptos en ese punto de llegada incomprensible que llamamos destino.
Parece cierto que, en realidad, las palabras no le pertenecen a nadie, siendo como pájaros en un cielo impredecible y que cobran valor según las intenciones, es decir que valen si vale los que les hace valer.
A la prueba de la memoria me remito.
 

Un tipo había en un bar-café-concert de Capital. Lanzado a desear alguna oportunidad que sus sueños le otorgaban a las noches, deseó la curva plena y rolliza de una juventud que llevaba una moza de bandeja. El tipo se armó de palabras. De palabras de él, pero más de palabras como dardos, como anzuelos-abrojos que bien podrían tener cualquier destino, incluído o excluído el de la bella regordeta. Y se las tiró.
Usando como mensajera a otra moza, compañera de la mujer del deseo, le dedicó en una servilleta de papel (papiro improvisado) un acróstico componiendo tanto sus intenciones de él, como el nombre de la mujer “favorecida�.
Palabra contra palabra le explicó a la intermediaria qué cosa era un acróstico, dando por seguro cuánto habría de agradar el artificio a la destinataria del homenaje.
La moza compañera llevó el recado. Lo puso frente a los ojos y a la conciencia de la damita. La chiquilla miró el papel con el mismo interés que un físico nuclear observa una revista de modas. Dejo la misiva sobre el mostrador, y sin mediar gesto de naturaleza alguna cargó la bandeja con tres cervezas y un Gin Tónic rumbo a los bullicios de la mesa cuatro.
En ese viaje, pasó por tercera vez a la vera de un borrachín de circunstancia, milagrosamente  acodado en la barra y flameando sus vinos de más en compañía de nadie. En realidad estuvo conmigo, porque es mi amigo, hasta el momento en que empecé a ser observador imparcial de este juego de palabras. El curdita la olió a dos metros, y la vio menearse más con la memoria que con los ojos vidriados de esa noche.
Al paso por su derecha le tiró la media frase: ¡Que buena que estás…..� y girando hacia la izquierda terminó el arresto con un arrastre cargado de admiración y de deseo: …Gorrrda!
La pibita sonrió e iluminó la distancia que la separaba de la mesa cuatro. Ladeó la cara y prolongó la sonrisa al sincero bañando a los que estábamos colados en la escena.
Esa noche, aprendí lo de las palabras libres y su destino abierto, y que los materiales con los que se construye el engaño y la verdad, son los mismos. Porque  lo que cambia, lo que hace la diferencia, no son ni los ladrillos ni las palabras…Lo que cambia todo, son los corazones de los albañiles.
 

Desprecio a cara lavada

Jueves, 19 de Abril de 2007

 

 

Por Tato Contissa

 

El tipo no estaba preparado para despreciar en presencia. Toda su vida, su núcleo, su educación, sus relaciones, su itinerario personal cotidiano estaba trazado sobre la ruta del desprecio a lo que no fuera él y a lo que no fuera como él.

Por eso esa noche, participando insólitamente en el programa Hora Clave, en el afán de poner baza en el asunto de la carne desde su pertenencia, el tipo se comportó como un patán.

De nada sirvieron las rutas de sofisma que el conductor había puesto como trampera para armiños en los vericuetos de una discusión que transcurría con la prolija liviandad de cualquier programa de televisión. Glorioso momento fue aquel en el que el doctor defendió postura planteando como absurdo que alguien fuera malo por el sólo hecho de llamarse Martínez de Hoz, como si alguien hubiera hecho alguna referencia a la condición moral de los dentistas, profesoras de batik o cantantes de Funky que llevaran ese apellido. El tipo se las había ingeniado para acorralarse, para desgraciarse, para parecer un estúpido. Y lo peor: un estúpido que creía que su estupidez era un derecho.

Por eso intentó suspender el concurso de puestas diciendo que se iba si se pretendía ideologizar la discusión sobre el precio de la carne.

Si sólo hubiese sido ignorancia. Pero no, el tipo tenía desnudo el desprecio. Se le veía a su desprecio las partes pudendas. Tiró la frase, la “idea�, jugando a engañar bobos, a poner a los imbéciles que miran un programa de TV en la certeza de que una cosa tan material, tan cotidiana, tan sangrante como la carne de vaca no puede guardar relación con las cuestiones tan inasibles, inmateriales y evanescentes como las ideologías. ¿Que puede tener de jugosa la teoría del plusvalor o de revelador un pedazo de marucha?

Ese fue el camino que el desprecio le indicó. Porque el tipo debe saber que esa suspensión del discurso ideológico es la ideología de las dictaduras. El tipo debe saber, decimos nosotros, que las leyes de mercado son los decretos de la dictadura del dinero. El tipo debe saber, imaginamos los giles, que todo lo que está pasando con el precio de la carne es una pulseada de poder de los grupos económicos vinculados al sector con el gobierno de K.

Porque si no quiere decir que el país ha perdido tanto en tan poco tiempo que ya no le queda ni la inteligencia del enemigo.

No, es muy sencillo, el tipo salió de la casa tan apurado que no tuvo tiempo de maquillar su desprecio. Y se le vio por televisión.